domingo 8 de enero de 2012

El día en el que terminó mi carrera musical


Corría mayo del 91. Atrás dejábamos mis compañeros y yo largos meses de amenazas tales como “si os seguís portando mal en catequesis no os dejaremos hacer la Comunión”. Por fin llegó el día en que nos confirmaron que éramos aptos para el Sacramento. Fue un alivio, pues decirle a mis padres que me habían echado hasta de la catequesis me habría costado un castigo más que divino. Pero antes de ese 19 de mayo marcado en el calendario como festivo teníamos una última prueba: un ensayo general para que todo saliera como las monjas del colegio tenían planeado. “Esto está chupao”, le dije a un amigo.

Entré en la capilla seguro de mí. Si el catequista había perdonado mis continuas payasadas no se me iba a resistir nada. Mi familia estaría al completo el domingo para ver cómo me transformaba en un niño bueno y después me esperarían los ansiados regalos. Las prioridades con 9 años son muy claras.

Dos monjas dirigían el cotarro. Una más joven nos fue alineando en el altar. La mitad a la izquierda y la otra mitad a la derecha. Nos dio instrucciones: que si ahora lee fulanito, que si el Sacerdote se os acercará y os preguntará… todo bien, ninguna duda. Durante media hora ensayamos las lecturas, cómo entrar, cómo salir. “Esto lo saco yo con nota, chaval”, volví a asegurarle confiado a mi amigo. Iluso de mí…

En la preparación faltaba una última parte, a priori la más amena: ensayar las canciones. La otra monja, hasta entonces en silencio, era la pianista. Su nombre: Sor Alicia Mallagray. Maña para más señas y especialista en chupetear desmesuradamente con la boca cuando comía caramelos de miel. Enfundada en un hábito que ocultaba su escaso metro y diez centímetros tomó el mando de la situación.

La primera canción decía algo así como “Si la sal se vuelve sosa quien podrá salar el mundo”. La segunda consistía en coger una vela e ir alzándola poco a poco mientras cantábamos “Señor yo creo, señor yo creo pero aumenta mi fe”. Hay que reconocer que mis compañeros y yo estábamos más pendientes de la velocidad con la que subíamos la dichosa vela que de lo que cantábamos. Pero algo iba mal. Miré a los lados. El resto seguía a lo suyo con el “Señor yo creo”, pero yo me sentía extraño, observado sería la palabra. Sentí un escalofrío. ¿Qué me pasaba? Miré a la monja pianista. Sus ojos se clavaban en los míos como si fueran cuchillos. “Qué le habré hecho yo a esta mujer que me está enfilando” pensé preocupado. De repente, sin mediar aviso, dejó de teclear bruscamente.

-Alberto, acércate por favor- se acabó, me iba a echar. Iba a pertenecer al club de Satán el resto de mi vida, y por supuesto adiós a los regalos. Bajé del altar temeroso. El camino se me hizo eterno viendo como ella no deja de observarme a la par que seguía moviendo la boca y recreándose en el caramelo de miel requetechupeteado. Me situé frente a ella.

-Señor Martín. Tú casi mejor que no cantes, te vas a limitar a mover la boca.

-¿¿¡¡¡Cómorrrrrr!!!?? ¿He escuchado bien?

-Creo que es lo mejor para todos. Mira, es muy fácil- la monja se pone a hacer playback peor que Enrique Iglesias en una gala de Nochevieja en televisión. No doy crédito. ¡Me está pidiendo que no cante!

-¿Pero eso por quéééé?- ¡me privaba sin ninguna explicación de la parte que más me gustaba, cantar “si la sal se vuelve sosa”! Me sentí como el jugador que a última hora se queda fuera de la convocatoria para disputar la final del Mundial.

-Hazme caso hijo, que lo vas a hacer muy bien- me sonrió como si me estuviera haciendo el favor más grande. Regresé al altar. Mis compañeros no habían escuchado la conversación, estaban preocupados.


-¿Qué te ha dicho, Sor Alicia- preguntó la más curiosa. No recuerdo qué me inventé, pero no podía confesar que me había mandado hacer playback. Salí del ensayo apesadumbrado. Todo un tenor como yo relegado a la simulación cantora.

Llegó el domingo. Mientras mi madre se afanaba en casa por quitarme con una esponja y jabón los últimos restos de la marca de una Frutipulga de Danone que se me había quedado tatuada a fuego en la frente por querer batir el récord de tenerla absorbiéndome la piel y la sangre (otro día lo contaré con detalle), me preparé para interpretar mi papel secundario. Era como el Pepe Isbert de las Comuniones, o el delgado de Andy y Lucas, me relegaron injustamente a funciones menores.

La Celebración transcurrió según lo ensayado. La monja y yo tuvimos un pequeño affaire cuando intenté rebelarme, pero ella tenía el control y no iba a dejarme cantar bajo ningún concepto. Cuando sonó aquello de “Señor me has mirado a los ojos, sonriendo…” intenté escapar de la censura y me puse a cantar como el resto. Lo que desconocía es que Sor Alicia tenía un radar que detectaba el momento preciso en el que yo pasaba del playback al canto. La miré, me miró, bajé la mirada, ella me seguía mirando, volvía mirarla, levantó las cejas y negó con la cabeza como diciendo: “¡Qué coño estás haciendo!”, anulando mi conato de canto. Volví a la simulación y ya no lo intenté de nuevo. Con la garganta seca levanté la vela como mis compañeros, pero de mi voz sólo salía el aliento de la derrota frente a una diminuta monja en la que se inspiró Risto Mejide para su papel de jurado en Operación Triunfo.

martes 20 de diciembre de 2011

Muerte en el cine


**Basado en hechos reales


(Tono como si hablara el mítico Eugenio).

Vamos 4 amigos al cine, todos felices nosotros. En esas que nos acercamos al taquillero y le digo:

Alberto: Hola buenas, ¿me da 4 entradas para Maktub, por favor?
Taquillero: Muy bien, pero debo advertiros antes que la sala está a 17 grados.
Alberto y sus acompañantes ponen cara de: "No me cuentes películas".
Taquillero: Sí, es que la sala está a temperatura ambiente (afuera hace -56 grados). Nos da una explicación sobre que si la tierra es redonda y los polos chocan provocando masas de aire heladas...
Miro a mis 3 acompañantes: Bueno, qué coño, que 17 grados no son nada. Nos dejamos las cazadoras puestas y fuera. No creo que sea para tanto.

Los infelices compramos las 4 entradas y nos dirigimos satisfechos del botín a por la respectivas Coca Cola y palomitas sin las que el cine sería menos cine. El descuento por la bajada de temperatura asciende a cero euros con sus correspondientes cero céntimos.

Entramos a la sala. El panorama no puede ser más desolador. Dos grupos de tres personas, (un grupo a cada lado) se cobijan bajo unos aparatos de aire acondicionado ciertamente diminutos para el tamaño de sala. Intentamos hablar con ellos, pero tiritan tanto que no logran articular palabra. Creemos que han dicho algo así como: "escapad mientras podáis", pero no estamos seguros así que a lo nuestro. Se escucha un grito seco. Es uno de los espectadores agonizando porque su aparato se ha apagado. El de en frente, casi al instante descubre que el suyo también. Los del cine se lo ponen difícil. No van a dejarnos que veamos la película así por las buenas.



Vemos que queda un aparato de aire libre en la fila 6 que sigue funcionando. Nos sentamos ahí, miramos a los otros con una especie de "jodeos, que a nosotros sí nos funciona". Encendemos el aire al máximo...... el máximo significa que apenas alcanza dos metros la ráfaga de aire, comparable a la fuerza con la que soplamos unas velas. Acurrucados cuales bebés, comienza la película.

Alberto: Oye, pues no es para tanto, ¿eh? (casualmente soy el que está debajo del aire).
Julito: Date diez minutos y me cuentas.
Bayón: Menos mal que la Fanta la he pedido sin hielos...
Alberto: Joder, con 17 grados vas por la calle y no te pelas de frío.
Julito. Nos ha jodido mayo con las flores, mira el Grissom. Por la calle vas andando y entras más en calor.
Alberto: Naaaaaaaadaaaaaaaa, tonterías, estamos de puta madre.

La proyección avanza. Empezamos a removernos. No los vemos porque estamos a oscuras, pero intuímos que los dedos de los pies están enrojeciendo a gran velocidad.

Julito: Joder qué frío. Yo veo la primera hora de película y me voy a casa, que echan "Españoles por el mundo" y tengo la mantita.

Las risas hacen que recuperemos los 36 grados vitales necesarios para vivir.

Alberto y Julito: El problema es que hemos venido abrigados como si la sala estuviera a 24 grados, a quién se le ocurre (la bola de paja del desierto pasa por delante de la pantalla, se hace un silencio que sólo rompe un grillo con su "cri, cri, cri")

A la media hora, Bayón, con más aguante, en un gesto de supervivencia y de amistad, se quita su abrigo polar con el que pasaría calor en Alaska, y se lo echa por encima a Julito, que me mira como si hubiera ganado la Champions.

Julito: Tú calla, cabrón, que estás debajo del aire caliente.

Lo único que se me ocurre es sentarme encima del brazo del asiento para que me llegue el aire con más fuerza, pero fuera ya algo psicológico o real, yo el aire cada vez lo sentía más frío así que vuelvo a mi posición normal. Las primeras toses, los primeros "Rose (Titanic), sácame de aquí" hacen mella en los 4 valientes, que ya han perdido la fe en que no les amputen los pies. La hipotermia hace acto de aparición.

Bayón: ¡Aguantad que ya queda poco!

Y así, ya sin miedo a la muerte, terminamos la película, pero como no hemos tenido suficiente nos quedamos a ver los créditos.

Julito: ¡Pero queréis hacer el favor de levantaros! No me creo que os interese quién es el ayudante de cámara en esta película.

Entra el acomodador con su linterna tocando el silbato: "¡¡¡¿Hay alguien vivo??!! ¿¿¿Puede escucharme alguien???" - Y le dice a otro compañero: "teníamos que haber venido antes, les hemos dejado morir"

Lo oímos, pero no tenemos fuerzas para levantar la mano. Por suerte, Bayón hace acopio de su disciplina militar y saca de la nada y de su brazo helado una gota de energía que sirve para que el acomodador nos salve de una muerte segura. Los de atrás no pudieron aguantar. Aparecieron congelados. Aún recuerdo sus caras al empezar. Mi homenaje más sincero.

Así que, queridos lectores de este humilde y cálido blog, si alguna vez el taquillero os avisa de un problema del cine, hacedle caso, muy claro lo tiene que haber visto para no pasarlo por alto. Además, el concepto de "17 grados" es mucho más amplio de lo que parece. Nosotros caímos en la trampa, aprovechad nuestra experiencia y llevad bufanda y guantes, pero de los gordos, que yo acabé con los de lana y de milagro no me los puse de orejeras.


martes 13 de diciembre de 2011

Los verdaderos Reyes Magos


Recuerdo cuando descubrí que los Reyes Magos existían de verdad. Creo que tenía siete u ocho años, no lo sé con exactitud. Notaba últimamente un poco raros a mis padres. Les escuchaba hablar por lo bajo en el salón. “¿Se lo decimos ya?” dijo mi madre pensando que yo no estaba en casa. Hasta entonces, en el colegio se oían rumores, pero la postura oficial de los mayores era que los Reyes eran los padres y nadie osaba contradecir esa versión, se daba por buena.

Llegaba la Navidad y nos obligaban a mostrar una falsa ilusión. Escribíamos cartas que no irían a ningún lado. Había que empezar con un “Queridos Reyes Magos, este año me he portado bien”, y yo corroboraba que era imposible que existieran porque de ser magos sabrían sobradamente que me había portado de todo menos bien. Nos impusieron no creer en ellos pero sí fingir lo contrario. Los bajos de las camas y los armarios se llenaban los días previos de bolsas de tiendas donde dábamos por hecho que bajo los envoltorios se encontrarían nuestros regalos. Qué equivocados estábamos. En mi casa, las noches antes de Reyes dejábamos en el salón una hoja para que nos firmaran un autógrafo, y también comida para los camellos, era tradición familiar. Por la mañana, al abrir los regalos, teníamos que mostrar sorpresa de ver la firma de Melchor, Gaspar y Baltasar y los platos vacíos. “¡Se lo han comido todo!” gritaban mis abuelos. Pero era evidente que habían firmado ellos mismos.

Pero todo cambió un cinco de enero, bueno, ya era seis. Mis padres no tuvieron tiempo de ser ellos los que me dieran la noticia. Eran las cuatro de la noche, me desperté con sed. Había estado con fiebre y no había podido ver la Cabalgata más que por televisión. Fui hasta la cocina. Mientras bebía un vaso de agua escuché un ruido que provenía del salón. Mi reacción fue la de esconderme debajo de una mesa del cuarto de estar contiguo, sus faldillas que llegaban hasta el suelo me ayudaron a pasar desapercibido. Desde ahí, levantándolas levemente, podría saber qué ocurría sin ser descubierto. Tenía un poco de miedo, no les voy a engañar. Pero fue cuando descubrí toda la verdad. Años y años engañado por los mayores y haciéndome creer que eran ellos mismos los que compraban los regalos y que las Cabalgatas se llenaban de personas corrientes disfrazadas.

El primero en entrar por la ventana fue Gaspar. Su corona brillaba en la oscuridad. Tras él, Melchor hizo su aparición con su larga barba blanca que le llegaba hasta la mitad del pecho. La tenue luz de las farolas de la calle era suficiente para reconocerles y a ellos les servía para moverse con facilidad por el salón. Temí no ver a Baltasar, mi preferido, pero unos segundos después, Melchor se asomó y susurró “Vamos, Baltasar, que todavía quedan muchas casas por visitar”. Entonces apareció: “se me había caído la corona al jardín”, se justificó. No podía creerlo, los Reyes Magos de Oriente estaban en mi casa, nada más que en la mía. Desistí de intentar avisar a mis hermanos, si me veían los Reyes podrían enfadarse e irse. Cada uno llevaba consigo un gran saco del que fueron sacando los deseos que habíamos pedido en nuestras cartas. Los colocaron cuidadosamente debajo del árbol. Estaban envueltos, pero sabía que ahí estaban el Auto-Cross y los Gijoe de mi hermano, las muñecas de mi hermana, el Super Cinexin, el Fuerte Bravo de los Playmobil, el perfume de mi madre, el libro de mi padre. ¡Seguro que estaba todo! Leyeron nuevamente las cartas para asegurarse que no se dejaban nada. Ahí estaba la mía, la tenía en sus manos. Antes de marcharse, Baltasar les detuvo.

-¡Esperad, no podemos irnos este año sin firmar!- los tres volvieron sobre sus pasos. En la mesa habíamos dejado tres hojas, cada uno firmó la suya.

-Nos falta algo por dar- dijo Melchor. El Rey se acercó hasta la mesa donde me hallaba observándoles. Bajé rápidamente las faldillas de la mesa, con un poco de suerte no había sido descubierto y no se llevarían los regalos. Dejé de escuchar pasos por un momento, Melchor estaba muy cerca. Cuando di todo por perdido, sentí cómo se alejaba, y al poco escuché el ruido de la ventana del salón cerrarse. Al saber con certeza que se habían marchado, salí del escondite. Justo al lado, Melchor había dejado un trozo de carbón dulce. Sin duda ellos estaban al corriente de mis travesuras y de que les había espiado, pero los regalos siguieron bajo el árbol. Me acerqué a la ventana, se alejaban subidos a sus camellos, que cargaban con los sacos repletos de más regalos que aún quedaban por entregar en cientos de hogares antes de que el sol saliera y los niños y mayores de todo el mundo se despertaran. Baltasar se giró y me saludó sonriente con su mano.

Volví a la cama emocionado, pero finalmente pude dormir. Ya por la mañana, la algarabía reinó en el salón donde horas antes había hecho el descubrimiento más importante de mi vida. Mis padres comprendieron al verme que ya sabía la verdad porque esa vez la alegría me duró mucho más allá del momento de abrir los regalos. Desde entonces, cada Navidad, cuando algún niño pequeño me dice “Los Reyes son los padres”, me rio y no le digo nada. Será mejor que se entere por sí mismo de quiénes son Melchor, Gaspar y Baltasar.

martes 8 de noviembre de 2011

Capítulo 1

Desperté sobresaltado. El golpe que me di en la cabeza contra el cristal del autobús, al girar bruscamente en una curva cerrada, interrumpió el sueño en el que recitaba la lección de Literatura a mi antiguo profesor, Don Evaristo Carrión. Al comprobar que no me sabía el temario, el maestro agarraba con vehemencia su regla de madera manchada de sangre seca y oscura y me golpeaba los nudillos mordiéndose los labios de placer. Yo justificaba mi ignorancia diciéndole que había pasado la noche cuidando a mi madre enferma. Cuantas más excusas le ponía más fuerte me azotaba y más aumentaba su gozo. Mis compañeros se reían y me señalaban gritando -¡No sabe nada, no sabe nada!- En el sueño aparecía mi padre observando la escena desde el fondo del aula, impasible. Su mirada no dejaba de ser inculpatoria. Quizá por no haberme aprendido el tema, o quizá también porque ni él ni yo conseguimos curar a mi madre como le juramos cuando, postrada en su cama, ella predecía que pronto se iría, que tendríamos que seguir adelante el camino que mil veces habíamos trazado juntos, los tres.

-Ya queda poco, hijo. En una hora habremos llegado- dijo mi padre adelantándose a cualquier comentario mío. Se interesó por la pesadilla. No contesté. Cuando volvía a nosotros la imagen de mi madre sus ojos se cubrían de lágrimas por mucho que hiciera el esfuerzo de contenerlas. Habían transcurrido nueve meses y sin embargo su recuerdo no era más lejano que cualquier presente. El único error de mi madre fue no enseñarnos a decir adiós, algo que yo suponía que estaba reservado a los demás. Fruto de mi ignorancia y juventud estaba convencido de que la enfermedad nos era ajena a los Carrasco Padilla. Cuando en el colegio me enteraba de la muerte de un familiar de un compañero lo sentía vagamente desde la distancia y envuelto en el escudo que nos protegía a mis padres y a mí y que yo, inocentemente, creía eterno. Cuando se rompió ese escudo ficticio ya era tarde. Me ocultaron la enfermedad de mi madre hasta semanas antes de su muerte. Se empeñó heroicamente en hacer vida normal y seguir mostrándome su imborrable sonrisa pese al dolor que la devoraba por dentro. Mi primer contacto con la vida real, a los dieciséis años, resultó más duro de lo que hubiera imaginado. La imagen de mi madre se quedó guardada en mi memoria una tibia tarde de Noviembre de 1963, el día nueve.

El autobús iba repleto. Decenas de maletas, bolsas de comida, cestos y hasta una gallina anestesiada por la temperatura se amontonaban en el pasillo, encima de los pasajeros o debajo de las sillas. El ambiente estaba recargado. El aire que entraba por las ventanillas abrasaba y, en vez de refrescar, hacía el trayecto infernal. Hasta tres veces intenté concentrarme en la lectura repasando párrafos ya vistos. No pasé de las diez páginas seguidas. Leía “El señor de las moscas” de William Golding, en el que un grupo de niños quedan náufragos en una isla y se organizan para sobrevivir. Sentía la historia mía. Pasé a ser uno de ellos. Nos las arreglábamos para conseguir alimento o para mantener la unidad a punto de desquebrajarse, pero enseguida alguien en el autobús gritaba, vomitaba o me empujaba y me descentraba. Opté por cerrarlo y dejarlo para mejor momento. Miré a mi padre pidiéndole explicaciones.

-Estamos llegando hijo. ¿Has visto ese cartel? faltan ocho kilómetros nada más- me fié. Al otro lado, una chica que necesitaba dos asientos para ir medianamente cómoda me vigilaba. Me enfermaba su actitud. Con descaro me examinaban sus ojos saltones. Debía sacarme ocho o nueve años, no más. Pensé que si fuera la única mujer del universo no le daría un beso. En caso contrario mi incipiente bigote chocaría con el suyo, que no tenía nada que envidiar al de mi padre. Sonreí imaginándola en la isla desierta del libro de Golding. Mis compañeros de aventuras discutirían si era mejor tenerla de compañera o de alimento. La reté:

-¡Qué miras! – dije con cierta agresividad. Avergonzada, agachó la cabeza, aunque la levantó al segundo para ser testigo del enfado de mi padre. Quise explicarle que no había sido un comentario tan gratuito como aparentemente parecía. No me dio opción; me obligó a pedir disculpas a la bigotuda señorita que aceptó con aire de triunfalismo.

-¡Es humillante! ¡Esto es lo más cerca que vas a estar de ganar algo que no sean kilos! – susurré indignado. Mi padre lo escuchó. No quería discutir, así que zanjó negando con la cabeza. Prosiguió la lectura del periódico que, tras siete horas de viaje, ya tenía memorizado. Era el diario ABC. En la portada, acompañada de una imagen en blanco y negro, se hablaba de una regata en el Golfo de Vizcaya que había terminado con cinco muertos, entre ellos el hijo de un prestigioso doctor francés, debido a un golpe de mar desatado por una inesperada tormenta. La noticia hablaba además de tres desaparecidos y un yate hundido. La leí atraído por los efectos devastadores de las tempestades de un océano que pronto conocería, pero no volví a interesarme por el suceso ni supe si habían sido rescatados.

El conductor avisó de nuestra parada: Monteviela. Éramos los únicos que bajábamos en aquella “lujosa” estación formada por un banco de piedra destrozado por los azotes inclementes del tiempo. Bajé no sin antes dedicarle una última mirada amenazante a la bigotuda. Ella no se quedó atrás y me despidió alzando su grueso dedo corazón. Se mordía los labios de rabia. –Espero no volver a verte, bicharraco- grité para que lo escuchara todo el autobús. Nada más poner el pie fuera del vehículo, la mano de mi padre impactó contra la parte trasera de mi cuello, dejándomelo enrojecido para lo que quedaba de día. El golpe fue antológico, y lo peor es que no pude protestar porque me había avisado anteriormente. Cogimos las maletas. Revisamos que no faltara nada. En el equipaje llevábamos la ropa necesaria y los recuerdos de nuestra vida. Entre ellos mis maquetas de tren eléctrico que me regaló mi abuelo paterno con siete años. De él heredé la afición por construir ciudades en miniatura, altas montañas y antiguas estaciones repletas de historias anónimas imaginarias con las que fantaseaba que subían a mis vagones gente del mundo del espectáculo, deportistas y almas errantes que huían de su pasado. Cuando mi padre insinuó que tendría que venderlo todo estuve cuatro días sin hablarle. En ese tiempo barajé la posibilidad de escaparme de casa. Terminó recapacitando. El resto de cosas las malvendimos a los vecinos que, a pesar de la supuesta tristeza manifestada por nuestra partida, no dudaron en racanear e intentar ahorrarse unas pesetas regateando los precios que mi padre había adjudicado a los muebles y a los vestidos de mi madre. Si de algo me alegraba era de saber que no iba a ver más a aquellos miserables que se alimentaban de carroña y de vidas ajenas. Especialmente detestaba a Doña Manuela Lozano, nuestra vecina de enfrente, que se pasaba horas asomada a la mirilla. Cuando volvía del colegio me acercaba a su puerta, sabiendo que me vigilaba, y le gritaba -vieja asquerosa-. Sólo así la anciana se retiraba sigilosamente. Me detestaba. Asiduamente nos cruzábamos en la escalera. Miraba a otro lado. En una ocasión se giró y me llamó malcriado, comenzando una guerra verbal de insultos que terminó cuando mi madre desde casa nos escuchó y salió al rellano avergonzada y pidiéndole disculpas. Ya en casa me advirtió que se lo contaría a mi padre pero no lo hizo porque en el fondo le divertía mi comportamiento rebelde.

Cruzamos la carretera. El pueblo quedaba a menos de quinientos metros. Nos paramos a contemplarlo. Veíamos el principio y el final. Yo procedía de Soria, ciudad pequeña que, al lado de Monteviela, tomaba unas dimensiones engañosas. Entre todas las casas de piedra destacaba una Iglesia con un campanario desproporcionado para el tamaño de aquella especie de aldea de la que mi padre me había jurado y perjurado que haría grandes amigos.

-Papá, con el canto más grande me daré en los dientes si en este pueblucho vive alguien menor de cien años además de ti –me arrepentí de haber apoyado su decisión de cambiar radicalmente de vida, aunque de no haberlo hecho estaríamos en el mismo lugar. Cuando me lo anunció llegué a entenderle, pero no me gustaba la idea. Mi madre le hizo prometer, cuando vio su final inminente, que no se quedaría estancado llorando su ausencia, y cumplió. No esperaba que para hacerlo me llevara a un pueblo desde la lejanía fantasmal.

El barro del estrecho camino nos cubría los pies. Las lluvias de agosto trataban de poner fin al verano antes de tiempo. Mi padre me pidió que tuviera cuidado de no manchar las maletas con el suelo embarrado. No terminó la frase, antes ya me había tropezado y, al tener las manos ocupadas con los bultos, no pude reaccionar y me estampé de bruces contra el suelo. El golpe fue lo de menos. Me sobrepuse con el orgullo seriamente dañado y tan cubierto de barro como mi cara y mi cuerpo. Se acercó y, tras comprobar que no estaba lastimado, me miró de arriba abajo y se rió como pocas veces lo hacía. Creo que hasta lloró de la risa que le provocó verme sin soltar las maletas y en un estado tan lamentable. Terminó contagiándome y reí con él. No sé cuánto tiempo estuvimos sin avanzar, desternillándonos. Mereció la pena calarme hasta los huesos por verle así.

Entramos a Monteviela por una calle alargada y estrecha que pronto comunicaba con la plaza. Debían ser las cuatro de la tarde. No hubo un alma caritativa que saliera a darnos la bienvenida, lo agradecí. Mi padre sacó del bolsillo un papel con la dirección y el nombre de quien debía llevarnos a nuestra casa: Adela Benito.

-Apuesto a que esa tal Adela se está pegando una siesta de pijama y orinal. Tardará dos horas en dignarse a venir y darnos la llave. Se me va a secar el barro, voy a necesitar un mes entero para limpiarme-

-Vendrá pronto, hijo- le ponía nervioso que protestara de algo de lo que él no tenía culpa, así que no insistí. Nos sentamos en uno de los bancos dándole la espalda a la Iglesia y contemplando el mar que se divisaba vagamente en el horizonte. ¡Por fin lo veíamos!

De lejos no lo vi tan especial, pero pronto se convertiría en mi aliado y aprendería a amarlo en toda su plenitud. Saqué de una de las maletas un pañuelo, lo mojé en una fuente que desprendía un insignificante hilo de agua y me enjuagué la cara. Me picaba por el barro y el calor, la espera se hacía insoportable. Volví al banco.

-Vaya mierda de chorro que sale de la fuente. Los de este pueblo son más costrosos que nuestros vecinos de Soria. Seguro que si dan señales de vida es para cobrarnos por beber de ahí- las gotas de suciedad resbalaban lentamente por mi cuerpo hasta caer al suelo. Mi padre aguantaba ejemplarmente, sin quejarse, con una media sonrisa que nunca llegué a descifrar con acierto. Se escondía bajo un sombrero marrón que mi abuelo había llevado durante más de dos décadas. Estaba perfecto, igual que si acabara de comprarlo. Podríamos haber llamado a alguna puerta y preguntar por la tal Adela, pero su prudencia se lo desaconsejaba. Prefería esperar en una plaza en la que era imposible escapar del Sol a molestar a un desconocido o privarle del descanso.

-¿Julio Carrasco?- una voz poco femenina, castigada por años de nicotina, pronunció a nuestra espalda el nombre de mi padre. Nos levantamos y dimos la vuelta al unísono. La mujer, que intuí hacía meses que no agarraba un peine, lucía un vestido de verano que antaño debió llevar flores estampadas. Su mirada se centró en mi lamentable aspecto. Me observaba seria, intentando comprender el porqué de mi suciedad. Me adelanté a su comentario.

-Señora, sobra decirle que no visto así habitualmente. Dado que nos estamos torrando desde hace veinte minutos, resumiré diciéndole que me he tropezado en el lujoso barrizal que tienen para entrar al pueblo.

-¡Qué niño más impertinente!- dijo malhumorada.

-Discúlpele, señora. El chaval lleva un día duro con tantas horas de viaje desde Soria, y el golpe que se ha dado le ha afectado al cerebro. No tiene más que verle al pobre - justificó mi padre.

-Usted debe ser Adela Benito, la casera. Julio Carrasco, encantado y a sus pies- lo que me faltaba por ver. Mi padre poniéndose a su disposición. Hubiera preferido que la mandara a paseo y buscara otra casa, que visto lo visto en la aldea, sobraban. Le tendió la mano y ella la aceptó con desidia, como un trámite más que tenía que pasar para recibir su alquiler mensual. Nos pidió, o más bien nos ordenó, que la siguiéramos:

-Sí, acompáñenos, no sea que nos perdamos entre tanta gente- la ocurrencia me valió un codazo en el hombro. Adela me miró con gesto inquisitivo mientras daba una calada a un cigarro consumido al límite. No llegó a escucharme bien pero se imaginaba que no era nada bueno. Al avanzar descubrimos un pueblo humilde, con casas rústicas de dos o incluso tres pisos y enormes balcones con persianas verdes enrollables que tapaban las ventanas. Una galería de alimentación con pescadería, frutería y carnicería en las que cada mañana los gritos de las compradoras se escuchaban en la otra punta del pueblo, una taberna llamada “Angelito”, dos establos, un botiquín donde curar heridas sin gravedad y el colegio en el que iba a trabajar mi padre como profesor de Historia de España y del que iba a ser yo alumno. De ello se nutría principalmente el pueblo, también de la Iglesia y del restaurante “La cocina de Charo”, a cuyo marido conocería pronto. Frente al local había un locutorio con dos cabinas. No era habitual tener teléfono en casa. Lo regentaba Doña Asunción, que además de cobrar las tarifas que le salían del moño, cotilleaba cada conversación telefónica impunemente. Los vecinos aceptaban resignados que en el precio de la llamada se incluía el compartir la intimidad con aquella traficante de chismorreos.

Calculé al azar que vivían cuatrocientas personas.

-Aquí es- la señora Benito saco un amplio juego de llaves. Tardó no menos de un minuto en averiguar cuál era. Probaba la misma dos veces seguidas. Al abrir, una corriente de aire frío nos dio la bienvenida liberándose y escapando de la solitaria casa. La mujer se adelantó para subir las persianas y abrir las ventanas. Ya con luz, nuestro hogar recobraba la habitabilidad perdida. Nada más entrar, a la derecha, estaba el cuarto de estar en el que había dos mecedoras de madera antiguas, una mesa con un jarrón sin flores en el centro, una radio y un mueble en cuya superficie destacaba una llamativa y completa vajilla. Dos cuadros paisajísticos y un bodegón colgaban de las paredes. Me acerqué a uno de ellos atraído por el azul de mar tan vivo que le daba un toque magistral. Era una puesta de sol desconocida para mí. En la parte inferior derecha se leía una firma: “Ángela”. Quedé tentado de preguntar a la fumadora empedernida quién era esa chica. Desistí para evitar un nuevo enfrentamiento a todas luces seguro. Además, la casera estaba ocupada explicándole a mi padre aspectos de la casa a la vez que perfumaba de humo el piso de abajo.

Continué recorriéndola por mi cuenta. Era cinco o seis veces más grande que la de Soria, mucho espacio para dos personas. Me sorprendió que tuviéramos patio y hasta un lavadero. Un aseo, cuatro habitaciones, dos salas diáfanas en el segundo piso con algunos utensilios de agricultores y una biblioteca formaban nuestra pequeña mansión. Por el patio de arriba también se accedía a un antiguo pajar que estaba cerrado. La ventana quedaba muy alta para ver lo que había dentro. Intenté forzar la puerta pero la señora Benito me lo impidió agarrándome de la muñeca:

-Ya le he dicho a tu padre que está prohibida la entrada. Guardo cosas de mi familia que no caben en mi casa. Espero que no seas un entrometido y respetes lo que no es tuyo- su voz seguía siendo dura, pero descubrí que, tras la imposición, había una petición o un ruego de que no fuera más allá de los límites establecidos. Le prometí que cumpliría pese a que era cuestión de tiempo que me invadiera la curiosidad. La palabra prohibido despertaba en mí el efecto contrario. Se fue satisfecha con el pacto verbal ignorando que mi promesa valía muy poco con diecisiete años y un puñado de irresponsabilidad que gastar.

Me lavé a conciencia. Elegí sin mucho criterio mi nueva habitación. Mi padre dejó que escogiera primero, supuse que por hacer las cosas más fáciles. Me acosté, ni siquiera la cama tenía las sábanas puestas. Tenía tanto sueño que no quise esperar. Rememoré antes de dormir la jornada con milimétrica precisión, desde que salimos a las cinco de la madrugada. El autobús, el bocadillo que se me cayó al suelo encima de un hormiguero en un descanso del viaje, la gallina que fue perdiendo energía por el calor, el libro de Golding, la bigotuda y su grueso dedo, mi fatal tropezón en el camino… todo fue pasando por mi mente ordenadamente.

jueves 15 de septiembre de 2011

Sé que estás ahí

Os dejo este pequeño gran relato que me ha enviado al blog una amiga "desconocida" sobre el Alzheimer. Bien podría enlazar con el mío de "Cuando me acuerdo de ti", espero que os guste. Podéis conocer más de sus textos en su blog: http://www.componiendomelodias.blogspot.com/ ¡Muchas gracias a ella por este detalle!



"Sé que estás ahí, detrás de esa sonrisa tímida y en ocasiones distantes, detrás de ese escudo que te protege de los demás. Sé que tu mirada brilla cuando miras una flor aunque apenas te alcance la vista para ello y que eres capaz de descubrir la maravilla de la naturaleza. Sé que te agarras a mi brazo, que confías en mí sin apenas conocerme, pues me dejas ser tu guía y me enseñas a hacerme pequeña cuando estoy a tu lado. Trazas líneas, coloreas recuadros, transformas mi día, me devuelves la sonrisa y me haces creer en el poder de la magia. Te inclinas, me miras y yo descubro que aún queda algo de lo que fuiste en un tiempo pasado aunque yo ni siquiera te conociera.







Puede que tus neuronas estén siendo arrasadas, pisoteadas y obligadas a no responder a una señal. Puede que tu cerebro ande jugando al escondite con la vida y la muerte, pero sé que hay algo grande detrás de todo ello, que eres capaz de iluminar un día gris, de hacer menos caluroso los primeros días de primavera. Sé que en tu ser queda ilusión por ganarle la partida a la vida, por triunfar por encima de cualquier dificultad, y sé que todo lo que tienes ahora no le hace sombra a todo lo que eres.


Quiero seguir viéndote crecer hacia atrás para yo poder crecer hacia delante, para hacerme grande cuando tu empieces a ser pequeña de nuevo; quiero que me permitas darte la mano y acompañarte para que me enseñes cuánto de bueno hay en que los días vayan hacia atrás, para que me expliques que en la pérdida siempre hay algo que queda conservado, los sentimientos más puros, la lealtad más sagrada, el respeto por la vida y las ganas de seguir amando".

jueves 25 de agosto de 2011

Sor Ángeles

Creo que nunca os he hablado de Sor Ángeles. Cuando escribí el libro “Relatos, recuerdos e historias que contar”, tuve en mente retrasarlo para que este relato entrara, pero al final quizá por las ganas de tenerlo en mis manos lo dejé para más adelante.


Los rumores no me hacían mella al final de sexto curso de EGB, cuando el verano estaba literalmente a la vuelta de la esquina: “Ya verás el año que viene en Matemáticas, te vas a cagar con la Psico”. ¿La Psico? Sí, así llamaban a esa monja que impartía Matemáticas en 1º y 2º de la ESO. Yo venía de tener una profesora normal, de esas que pasan por tu vida como un trámite que cumplir entre un curso y otro.

Pero a un verano que cuando comienza parece eterno, siempre le sucede un despertador que marca la hora del comienzo de un nuevo curso. He tardado en aprender que el futuro queda tan lejano como quiera el presente.


Me senté en última fila, trinchera para los graciosos de la clase. Cuando llegó ella, “La Psico”, a tercera hora, se tejió un silencio ciertamente inexplicable. Su rostro arrugado y avejentado y su pelo blanco eran contrarrestados por la firmeza de su paso y por la profundidad de una mirada que quemaba. Las personas que se ganan el respeto con su presencia nunca necesitan mandar callar ni gritar. Todos entendimos que las habladurías de los mayores no eran sino advertencias, nos esperaban dos años duros. Sin preámbulos agarró la tiza que desgastaba la pizarra a su contundente contacto. Lo sé, lo normal es que la pizarra desgaste la tiza, pero con Sor Ángeles era al revés. Quedamos todos bloqueados, ¿por qué le ponía el signo negativo delante de los números? Su explicación de los números enteros duró cincuenta minutos, del tirón, sin botellas de agua para aclarar su voz. Resultaba que el menos por menos se convertía en más. ¿Por qué perdimos el tiempo en Barrio Sésamo contando del 1 al 12 y obviaron los números negativos?


Sonó el timbre. El alivio de los treinta alumnos sólo puede ser comparable con el del abandonado en el desierto que al tercer día recibe un sorbo de agua. Por nuestra cabeza debían andar los nuevos conceptos explicados, pero por más que buscábamos no había rastro de ellos. Antes de irse nos mandó cinco ejercicios para el día siguiente. Eran obligatorios y serían resueltos por nosotros saliendo al estrado.

Al día siguiente, justo antes de que llegara, nos pusimos a comparar resultados. A uno le salía 2, a otro -12, al de más allá 4. Cuando la lista de la clase nos confirmó que lo nuestro estaba mal, empezamos a sudar. Cinco ejercicios, treinta alumnos, una probabilidad entre seis de que nos tocara. Sor Ángeles entró con unos buenos días que nos supieron a poco. Hubiéramos preferido un chascarrillo que troceara el ambiente. Dejó su carpeta en la mesa: “vamos a corregir los ejercicios”. Nos miró detenidamente. Creo que buscaba al que tuviera más cara de zoquete. Nuestra reacción fue la del escondite, pero en sentido literal. Uno abría el pupitre (se abrían hacia arriba) y metía la cabeza haciendo que buscaba algo, otro se giraba y cogía de la mochila aire si hacía falta con tal de que no le viera… el de más allá tosía como un loco con la esperanza de que su supuesta enfermedad le exonerara del ridículo que se avecinaba. Sor Ángeles tardó unos treinta segundos en elegir al cochinillo que sacrificar, nunca nos sentimos tan animales como aquél día.


Han pasado diecisiete años. No puedo recordar exactamente lo que hice, aunque deduzco que meter la cabeza en el pupitre, siempre lo consideré una táctica precisa… hasta ese día. “Señorito Alberto Martín, salga a hacer el primer problema”. ¡Noooooooooooooo, por qué yoooooo!, pensé. Salí derrotado de antemano. De sobra sabía que mi ejercicio estaba mal. Agarré la tiza dubitativo y puse el enunciando. Justo en ese momento la monja salió del aula, momento que aproveché para agarrar sin permiso el cuaderno de la empollona y copiarlo entero. ¡Estaba salvado! Me iba a apuntar el primer tanto. ¡No sería tan dura como la pintaban!... y una leche que no. “¿Usted se cree que no me he dado cuenta de lo que ha hecho?” “No sabe absolutamente nada de números enteros y pretende engañarme”. Lo peor no fue que me regañara, es que estuve un minuto eterno de pie mientras me fusilaba con los ojos. Con otro docente mis compañeros se hubieran reído, pero en este caso se solidarizaban no por mí, sino por ellos mismos, porque tarde o temprano les tocaría a ellos, como así fue.


El miedo a salir a la pizarra, los cálculos sobre por qué fila preguntaría primero y las consultas al reloj para ver si nos librábamos hasta la siguiente clase son sentimientos que sólo los que la tuvieron de profesora pueden comprender. Con doce años éramos así de tontos. Había exámenes casi semanales que corregía con bolígrafo verde, exámenes desastrosos en los que ese color superaba al azul de los nuestros.


Pero no tardamos en descubrir que tras esa fachada de dura se escondía la mejor profesora que muchos de nosotros hemos tenido en la vida. La única meta para Sor Ángeles era que aprendiéramos, pero con mayúsculas, que sus clases no se olvidaran después del examen. Y si tenía que quedarse horas extra que nadie le pagaba ni agradecía (lo interpretábamos como un castigo) lo hacía sin reprochar jamás que perdía el tiempo con los alumnos. Su generosidad estaba fuera de toda duda.


Y tampoco tardamos mucho en descubrir que fuera de las clases se escondía una persona comprometida con los alumnos, que sabía escuchar, que se preocupaba por todos y que jamás intentó adoctrinar ni convencer a nadie en asuntos religiosos. A los que por suerte la tuvimos también como tutora nos tocaba ir a su despacho una vez al año durante una hora y hablar de nosotros, no de las matemáticas ni de las clases. Nos preguntaba por la familia, por lo que nos gustaba, por lo que esperábamos del futuro, y prestaba la atención que algunos profesores bien podrían aprender. Entré temeroso en ese despacho del segundo piso porque no sabía que contarle y salí del mismo con la sensación de que una hora se quedaba corta.


En todas las batallitas que contamos en la actualidad los que fuimos Concepcionistas siempre mencionamos a Sor Ángeles. Primero comentamos lo mal que lo pasábamos y las bobadas que hacíamos para no ir a la pizarra, pero no tarda mucho alguno en decirlo: “Con ella es con quien más he aprendido”.


Yo me la sigo encontrando en la calle de vez en cuando. Me da un beso y una sonrisa y se interesa por cómo me va la vida. Sé que se alegra sinceramente cuando le digo que me va bien, y que ahora soy profesor como ella. Si algún día me acerco a lo que fue, será mi mejor logro profesional.

martes 5 de julio de 2011

Eran tardes de verano...

El tiempo tiene la virtud de que a su paso convierte los momentos del pasado en grandes recuerdos. Sí. Quiero decir que cuando vivimos el presente no tenemos la capacidad de valorar en la justa medida las cosas que hacemos. En parte puede que sea culpa de la rutina, de la falsa seguridad de que lo que hoy tenemos mañana no lo perderemos.

Te diría que cerraras los ojos, pero entonces no podrías leer este texto. Así que te propongo que con uno leas y con el otro bien cerrado regreses años atrás.

Suena el timbre del colegio. Debe ser día 20 ó 21 de junio. Si has estado en un colegio de monjas o curas es probable que te haya tocado llevar una bayeta y el “Cristasol” o marca similar: sí, tienes que limpiar el pupitre, las sillas, ventanas, la pizarra… pero no te importa, lo haces con alegría mientras te dedicas a molestar a las chicas si eres chico o a esquivarnos si eres chica. Cada vez que tengas arreglada la mesa vendrá uno de nosotros a volver a ensuciarla… somos unos críos, un incordio. Con 10, 11 ó 12 años no se nos puede exigir nada que no sea la inmadurez y el divertirnos a cada instante. Vosotras habéis tenido la mala suerte de crecer antes, de ser niñas menos tiempo… Peter Pan jamás os lo perdonará.

Esa tarde la pasabas con tus compañeros de clase. Si los padres eran tan benévolos como tus profesores calificando, os dejaban llegar más tarde. A las 11 era buena hora. La Feria ardía de chavales dispuestos a hacernos los duros en las atracciones más peligrosas: ¿quién dijo miedo? Las chicas se reían de nosotros y a su vez nos seguían el juego. Ellas se fijaban en los mayores, nosotros en nadie… sólo queríamos estar con los colegas.

Después se producía un punto y aparte. Cada uno pasábamos el verano de una manera, generalmente separados. Nos veíamos muy esporádicamente e incluso parecíamos extraños, pero no nos preocupábamos, en septiembre todo volvería a la normalidad. Mientras tanto creamos un mundo aparte al cual sólo se accedía en verano y del que seríamos expulsados con las tormentas que anunciaban la caída de las hojas en el tan temido otoño.

Mis veranos han sido siempre días de piscina y amigos en el club militar al que iba. Otros habréis tenido campamentos, pueblos, intercambios… cualquier opción era la mejor para disfrutarla. En mi caso la apertura del Club a finales de junio suponía un acontecimiento. Volvíamos a reencontrarnos los que en el invierno éramos desconocidos. Sería que tanta ropa no nos permitía reconocer los rostros. En apenas un par de horas se rompía el hielo y comenzaban dos meses y medio de diversión. El único “pero” que podíamos tener en vacaciones era que nuestros padres nos obligaran a hacer los ejercicios de los malditos cuadernos “Santillana”, que te birlaban un par de horas de vacaciones cada día. Si tienes buena memoria recordarás la pregunta que te hacías cada vez que lo abrías: ¿para qué vale esto que hago?”, a lo que tu padre te respondía con un contundente: “para que no se te olvide lo del año pasado y estés preparado para el curso siguiente”. Explicarle que a esas alturas ya no recordabas nada no valía.

Creo que lo mejor de todo era la libertad que teníamos para movernos. Si en invierno nuestras horas estaban controladas, en verano al no poder salir del club sin permiso nos movíamos sin dar explicaciones. A nuestros padres sólo les necesitábamos para que nos dieran los bocadillos que dejaban en cuanto a tamaño en evidencia a los de los anuncios de foie gras o para pedirles unas monedas para comprar una lata de Coca Cola (si dábamos muy rápido al botón nos podían salir dos refrescos seguidos al precio de uno) o un helado, que en el caso de los Mikolápiz o los Patapalos, tenían la opción del premio… en cuyo caso lo anunciábamos a los cuatro vientos para que todos se enteraran y tuvieran envidia.

Construíamos cabañas infranqueables con un puñado de ramas secas y mucha imaginación. Intentábamos colarnos en las zonas prohibidas, las que los padres avisaban de que no podíamos pasar bajo ningún concepto. En la prohibición estaba la hazaña. Con los años descubrimos que en la zona no había nada que mereciera la pena, pero siendo niños creíamos que encontraríamos tesoros o lo que ese día nos rondase por la cabeza.

Éramos profesionales del fútbol, frontón, baloncesto, tenis, natación, ciclismo… no entendíamos de cansancio. Siempre juntábamos gente suficiente para jugar a lo que fuera, las opciones eran infinitas. Cada deporte era una competición, todos éramos los mejores y cualquier excusa valía para no aceptar una derrota. Continuamente perdíamos pelotas, otras desparecían sospechosamente, olvidábamos las raquetas, aparecían ruedas de bicicletas pinchadas sin motivo alguno…

Las colecciones de cromos estaban a la orden del día, especialmente las de fútbol. Se formaban auténticos sanedrines de expertos en el intercambio, la negociación y cómo no, en el robo de los fichajes de última hora, los más cotizados. Salir de ese sanedrín con algún atraco consumado se tomaba como un triunfo y sobre todo como una derrota del oponente que ahora tenía más difícil terminar la colección.

Y qué sería de un verano sin accidentes. Las competiciones ciclistas con las BH de Cross terminaban rutinariamente con nuestros huesos en la pista de atletismo, que lejos de ser de tartán estaba hecha de tierra negra y miles de piedrecitas pequeñas que hacían de todo menos amortiguar la caída. Las heridas de guerra duraban semanas enteras, los lagrimones por los golpetazos apenas unos minutos. Igual sucedía en el borde de la piscina. Las ansías de tirar a la gente al agua conllevaba más de una dolorosa caída que arreglaba o remataba el socorrista, depende de cómo se mire, echando litros y litros de agua oxigenada mientras tu padre te decía que así aprenderías y a la siguiente irías más despacio a hacer el tonto.

Nos íbamos 15 días a la playa y a la vuelta todo estaba donde lo habíamos dejado, dispuestos a continuar tras el último punto y aparte. Así cada mañana, cada tarde, cada noche, hasta que llegaban las 11 y los padres empezaban a buscarnos mediante gritos. El recinto era demasiado grande y andábamos desperdigados haciendo de las nuestras o espiando a los mayores de 17 ó 18 años que se escondían para fumar o para darse lo que por entonces conocíamos como “el lote”.

Las tormentas de finales de agosto alertaban de que lo bueno tenía fecha de caducidad, pero lo hacían con lentitud, como si nos diera el privilegio de preparar poco a poco el adiós definitivo que llegaba cuando empezaba a anochecer más pronto y los bañadores se sustituían por jerseys. O cuando en casa veíamos que se compraban los libros escolares y los papeles para forrarlos. No había una jornada final, simplemente los amigos desaparecían despacio, más obligados por los padres (sin los que entrar en el club era imposible) que por gusto, pero sabiendo que al año siguiente estaríamos nuevamente en el mismo sitio, en nuestro universo particular dispuestos a seguir viviendo momentos que, como decía al principio, el tiempo ha convertido en grandes recuerdos.


Eran tardes de verano…………………….

martes 14 de junio de 2011

Cuando me acuerdo de ti

Era una mala época en mi vida. Cualquiera que tenga problemas graves se reiría de mí, lo sé. No tenemos derecho a quejarnos de la inmensa mayoría de las cosas que nos pasan. Casi todas son estupideces que nos invaden la cabeza. Es como si la mente tuviera la necesidad de crearse problemas donde no hay más que pequeños desbarajustes. Aquél día había dejado a mi novio, Pablo, después de 6 años. Bueno, siendo sincera diré que fueron cuatro años de relación y dos más intentando entendernos, negociando hasta las buenas noches, hasta los te quiero. Su ultimátum de “o nos casamos o te dejo” me puso en bandeja la maleta y el hasta siempre. Si me ponen entre la espada y la pared prefiero clavarme la espada.


Me marché de su casa con la maleta. Cogí las cosas imprescindibles, a por el resto volvería cuando no estuviera él, por ahorrarnos escenas y condenas. Tan importante como empezar bien es terminar con dignidad. A lo largo de los años he visto que pocas parejas acaban con la dignidad que merecerían años atrás de felicidad. No quería ser como ellos… y probablemente ellos como yo tampoco. Empezó a llover. Un poeta escribiría que el cielo protestaba, que estaba triste. Me metí en un Starbucks a esperar que escampara. No me venía mal un café doble. Subí al segundo piso en busca de los sillones que habitualmente están atestados de personas que con una consumición para tres hacen la tarde leyendo o de tertulia. Con ellos me crucé una vez más. Un grupo de amigas, una pareja que ni se miraban y un anciano leyendo el periódico ocupaban los sofás, únicamente había uno libre frente al anciano. Éste, alzó la vista y al verme se levantó con la torpeza que le presuponía por las arrugas de su rostro y su extrema delgadez.

-¡Aurora, Aurora, ya estás aquí, sabía que vendrías!- mi reacción fue la habitual. Mirar a ambos lados y detrás, y buscar a la tal Aurora.


- Disculpe señor, creo que me ha confundido, yo me llamo Patricia.- Mi aclaración no le sirvió de mucho.


-Mírate, estás empapada. Ven, acércate, que aquí hay calefacción y estarás calentita- con suavidad me agarró del brazo y me condujo al sillón. Me ayudó a quitarme la cazadora y me invitó a sentarme. Yo sólo buscaba el momento en que entendiera que no era quien pensaba. Me cohibía la luminosidad de sus ojos cuando se encontraban con los míos. Era como si realmente ya me conociera.


-¿Por qué has tardado 12 años en regresar? Me prometiste que vendrías pronto. ¿Has tenido algún problema para bajar? Imagino que no debe ser fácil incluso para ti.- Pasado el momento de sorpresa, entendí que el anciano no estaba en sus cabales. Las opciones pasaban por levantarme o seguirle la corriente. Opté por la segunda, me daba pena dejarle solo. ¿Y si era verdad que llevaba 12 años esperándome?


-Mira, Aurora, he traído tu foto preferida. La tengo en mi mesilla de noche. Jamás olvidaré el día que viste el mar, en San Sebastián. Te quedaste cinco minutos sin decir nada, en silencio, creo que ni siquiera parpadeaste. Yo me mantuve quieto, temeroso de que cualquier movimiento innecesario quebrantase el hechizo. ¿Te acuerdas?- En la fotografía en blanco y negro se veía lateralmente a una mujer de no más de veinticinco o veintiséis años apoyada en una barandilla. Al fondo el mar. Que no hubiera color en la imagen no era obstáculo para vislumbrar un día soleado, perfecto para ser el primero en el que disfrutaba de la inmensidad del océano. Es difícil de explicar, lo sé, pero era capaz de sentir las palabras del anciano reflejadas en la mirada perdida de la mujer. Di la vuelta a la foto, había una dedicatoria. Ahora una imagen parece que ya no es un recuerdo que guardar en el cajón más profundo de nuestro corazón. Hemos caído en la trampa de acostumbrarnos a ver cientos de ellas, pero por entonces eran auténticas joyas.


“Descubrimos que el verdadero tesoro de la vida se hallaba en la calidez de una mirada y en la caricia de unas manos rebosantes de esperanza, de sueños compartidos y de ilusión por disfrutar de un proyecto en común basado en el afecto y en el amor profesado a cada latir. Aurora, fiel compañera, te quiero.”


No sé cuántas veces leí la dedicatoria. Unas veces en alto, otras susurrándola.

-Claro que me acuerdo, cielo, cómo iba a olvidarlo si estuvimos meses planeando ese viaje y ahorrando cada peseta que la vida nos permitía”- me transformé en Aurora, y sentí ser ella. Había improvisado la frase. Por su sonrisa supe que no andaba desencaminada. De repente el hombre se levantó y bajó a por dos cafés más. Yo me quedé con la fotografía, esperando su regreso. Su cartera estaba encima de la mesa. Aproveché para comprobar su nombre: Dionisio Trueba. Al subir el anciano se dirigió a la mesa de las chicas jóvenes. A una de ellas la llamó Aurora, el resto se rieron. Me levanté y le conduje a nuestra mesa, no sin antes echarlas una mirada letal que cortó sus burlas.


-¿Qué tal está Alvarito, pregunta por mí? Seguro que en el cielo ha hecho muchos amigos y no tiene tiempo ni para venir a verme- dijo mientras daba lentamente vueltas al café con la cucharilla. Sentí su temor a recibir una contestación negativa.


-Claro que pregunta, Dionisio. Todos los días además. ¡Cómo no va a hacerlo, si te quiere mucho! Desde allí arriba te observa- mi respuesta le dejó más tranquilo. Asintió satisfecho.


-Cuídale mucho, es nuestro único hijo- balbuceó con tristeza y sin levantar la cabeza. Se me cayó el café del impacto que me causaron sus palabras. No había previsto que pudiera tratarse de su hijo.


Compartimos durante casi tres horas recuerdos en los que los dos éramos protagonistas, él en su juventud y yo en la piel de Aurora. Regresamos a 1949, a nuestra pequeña casa en Madrid, cuando un plato de comida, una radio y las ganas de salir adelante eran suficientes para la joven familia que formaban Dionisio, Aurora y Alvarito. Supe que al pequeño se lo había llevado para siempre una tuberculosis en 1952, y que raíz de ello decidió ser médico. Sus historias estaban tan cargadas de incoherencia como de realidad. Me costaba diferenciar hechos verídicos de las incongruencias, pero creí diferenciarlos bien. Las verdades las relataba con firmeza, con seguridad, apretando los puños. En las invenciones se trababa, repetía frases… pero daba igual, en ambos casos disfruté de su improvisada compañía.


Así estuvimos hasta que una dependienta del Starbucks subió con dos enfermeros. Me asomé por la ventana, una ambulancia esperaba en la puerta. La chica nos señaló.


- Disculpe señorita, Dionisio debe acompañarnos. Se ha escapado de la residencia. Nos ha dado un buen susto- dijo uno de los chicos. Dionisio obedeció. Se puso su sombrero y se marchó con ellos, pero antes de bajar las escaleras, se giró y vino hacia mí. Me cogió la mano, le devolví la fotografía:


- Sé que en el cielo no te van a dejar venir más veces a verme. Pero yo sabía que volverías, me lo prometiste. Nunca faltaste a una cita. Me llevo la foto. Es todo lo que necesito para seguir recordándote tan guapa como estás hoy. Dile a los señores de ahí arriba que si un día pueden, que dejen venir también a Alvarito, tengo muchas cosas que contarle- se inclinó y me besó en la mejilla.


- Adiós, Aurora- los enfermeros le ayudaron a bajar muy despacio. Aún tuvo tiempo de girarse nuevamente y dedicarme una última sonrisa cargada de anhelo. Por la ventana llena de gotas de agua vi cómo se alejaba quien por unas horas fue el hombre de mi vida, el que mejor me ha tratado y con el que más feliz fuimos Aurora…. y yo.

lunes 6 de junio de 2011

Láser 3

No se había parado a pensar, hasta que recibió el aviso, en que de todos los derribos de edificios que había tenido que certificar en su todavía corta vida laboral, ninguno había sido en Segovia. Por eso, cuando llegó la documentación y se prestó a hacer la maleta, volvieron a él los nervios que sintió quince años antes, cuando su padre comunicó a la familia que dejaban la ciudad castellana para trasladarse a Alicante. Una nueva mudanza, con nuevas despedidas, con nuevos hasta pronto próximos al adiós. Con quince años era la cuarta vez. La incertidumbre era habitual en casa cuando su padre llegaba a altas horas de la noche de trabajar. Cualquier día podría anunciar un nuevo destino. Quizá por ello, vivir cada momento intensamente era obligación para Pedro.


Segovia había cambiado. La ciudad añorada no se asemejaba a lo encontrado. Le llamó la atención el pastor de botas desproporcionadas que daba la bienvenida a los viajeros, rodeado de su fiel rebaño. Sintió pena al ver que los antiguos Multicines Miró con 3 salas y millones de aventuras, habían sido sustituidas, o más bien devoradas, por la vorágine de un mercado que no entiende de nostalgia. Cuántas películas había disfrutado allí, primero con sus amigos, después con los primeros amores. De entre todas le vino a la memoria “Parque Jurásico”. No porque fuera su película preferida, sino porque Pedro y sus amigos la habían visto en primer fila. En 1993 no existía el 3D, pero había maneras de sentir un dinosaurio cerca, muy cerca. También el terreno reservado a la Feria de San Juan y San Pedro había sido postergado por un nuevo parque de bomberos que pisoteaba las carreras trucadas de camellos, los gritos de las tómbolas, las pérdidas de gravedad en el barco pirata, los interminables y pegajosos algodones de azúcar o la montaña rusa, que aunque tenía más de monte, seguía levantando la expectación de los pequeños y de los que intentaban a contrarreloj conservar su juventud enredada entre canas y fechas de nacimiento que se alejaban irremediablemente del presente.

Eran muchos los cambios a los que se enfrentaban sus recuerdos, anclados ellos en una realidad viva y lejana. La casualidad a la que muchos disfrazan como destino quiso que el edificio de viviendas que a la mañana siguiente sería derruido, fuera en el que en los bajos albergara en los ochenta y noventa la sala de máquinas recreativas “Láser 3”, sala a la que entró furtivamente por vez primera siendo un niño y donde sus amigos le hicieron la fiesta de despedida.







La noche lucía en las calles, tan vacías como las fuerzas de Pedro al darse de bruces con la puerta al pasado. Una verja metálica sucia y oxidada todavía anunciaba el nombre del local que durante tantos años fue punto de encuentro cada tarde de viernes y sábado de adolescentes cuya única exigencia era la de disfrutar de cada partida jugada, cada compañía y cada mirada cómplice de amores jurados eternos que cambiaban de manos y labios con frecuencia. La urgencia de experimentar primaba en una época en la que no existía el temor al futuro.


Pedro miró a ambos lados de la calle. No había nadie. Observó que la verja no estaba anclada a ningún cerrojo en el suelo. No lo pensó. Se agachó e intento sin éxito subirla, estaba fuertemente encajada. Tras tres intentos más la puerta cedió. Pedro encontró las luces y las máquinas encendidas, tal como las dejó años atrás. Lo más increíble es que identificó en su interior rostros conocidos ocupando las máquinas, hablando en las escaleras que conducían al baño o gastando sus propinas en bollos, gominolas y refrescos.

No podía creerlo. El informe de la demolición detallaba que Láser 3 había cerrado en el 2004. Como pasó a otras muchas empresas, no supo o no pudo adaptarse al huracán devastador de Internet.

Asustado, dudó si entrar, pero los amigos que dejó en Segovia salieron a su paso, alegrándose todos del esperado encuentro que, aunque tarde, por fin se producía como prometieron en aquellas dedicatorias y regalos de la despedida. ¡Estaban todos! Julio, David, Javi, Jesús, Rodrigo, Alberto, Rubén, Álvaro, Quique, Alonso, Fernando… no faltaba ninguno. Lo increíble para Pedro fue volver a verlos con la misma edad que en 1995, las mismas caras juveniles, las voces algunas infantiles y otras adultas, el mismo aspecto y la felicidad por encima de todo.

Los múltiples abrazos dieron paso a las ganas de jugar de nuevo. Cada uno tenía su preferida, ésa en la que destacaban sobre el resto y despertaban la admiración de los contrincantes. Pedro se dio cuenta que él no podía jugar. Admitían únicamente las monedas antiguas de 25, 50, 100 ó 500 pesetas, y en su cartera sólo llevaba euros. Al mirar en ella descubrió que esos euros se habían transformado en pesetas. Ya no llevaba 30 euros, ahora eran 5.000 pesetas, toda una fortuna por entonces. En la cartera su DNI tenía el formato antiguo y en él salía la foto de la primera vez que se lo hizo. Caducaba el 3 de marzo de 1999.


Todos los amigos querían jugar con él, recuperar el tiempo perdido que no había sido tal. Empezaron con la de fútbol. Jugadas y goles imposibles, patadas que no hacían daño, piques adolescentes, revanchas que confirmaban derrotas una y otra vez. ¡No se le había olvidado jugar! Jesús tiró de él, tocaba ser golfista. Se le daba peor, iba a perder. Los chicos querían parecerse a Severiano Ballesteros. Soñaban con meter la bola en el primer golpe. Ninguno lo consiguió nunca, pero todos aseguraban que conocía a uno que sí lo había hecho. No hacían falta pruebas, lo creían. La siguiente fue la de coches, que incorporaba volante y acelerador, era su preferida. Podía conducir un Fórmula 1 en llamas, desafiar la ley de la gravedad en cada curva, adelantar rivales odiados… la única regla era no pisar jamás el freno. No podía faltar el juego en el que a base de destapar baldosas se veía el dibujo de una chica desnuda. A medida que un jugador avanzaba, a su alrededor se reunían más y más inocentes e inexpertos adolescentes esperando ver un ansiado pecho. Las chicas, reunidas en las escaleras, se reían de ellos. ¡Inmaduros! decían ellas… ¡Celosas! respondían ellos sin apartar la mirada de la pantalla. Las chicas eran enemigas necesarias, no podían vivir sin ellas, pero las confrontaciones banales eran habituales y divertidas. Estaban en la etapa en la que costaba definir si las chicas eran tontas o maravillosas.


Las monedas se fueron gastando. Las últimas las aprovecharon para jugar al futbolín. La gran victoria era ganar 7-0 y que el equipo rival pasara por debajo de la mesa. A Pedro y a David les tocó en dos ocasiones, aplaudidos por los ganadores. Cuando arrojó la última moneda en la ranura, el ruido de las excavadoras fue imponiéndose al sonido de las máquinas, de las risas y las celebraciones. Era la hora de cumplir el trabajo encargado y por el que había regresado a Segovia.


-Tienes que irte, ¿verdad?- dijo Jesús. Pedro asintió cabizbajo, avergonzado de ser él quien diera el golpe de gracia al local.


- No tienes que avergonzarte. Sólo vas a tirar un edificio. Nadie va ser capaz de destruir lo que creamos cada tarde entre todos los que estamos aquí. Eso es algo que llevaremos toda la vida con nosotros, y aunque estemos separados, sólo tienes que mirar dentro de ti y verás que, por mucho que construyan, seguiremos aquí siempre que tú quieras, jugando, riendo, divirtiéndonos, y siendo amigos. Debes irte, Pedro.- Se abrazaron todos a la vez y observaron cómo su viejo amigo se dirigía lentamente a la puerta, arrastrando con él la tristeza de un nuevo hasta luego que se le antojaba definitivo. En un último vistazo, ya desde lejos, alzaron las manos sonriendo, como les recordaba. Bajó la verja. Era la hora.


Una vez llegado todo el equipo de demolición, procedieron al derrumbe, aunque el jefe de seguridad primero comprobó que no hubiera nadie en todo el recinto. Abrió la puerta, Pedro observaba expectante. Sucedió lo esperado, dentro no había nada, ni máquinas, ni amigos… ni siquiera el alboroto del pasado. Satisfecho de haber vivido una última noche como aquella, dio la orden de comenzar.