Desperté sobresaltado. El golpe que me di en la cabeza contra el cristal del autobús, al girar bruscamente en una curva cerrada, interrumpió el sueño en el que recitaba la lección de Literatura a mi antiguo profesor, Don Evaristo Carrión. Al comprobar que no me sabía el temario, el maestro agarraba con vehemencia su regla de madera manchada de sangre seca y oscura y me golpeaba los nudillos mordiéndose los labios de placer. Yo justificaba mi ignorancia diciéndole que había pasado la noche cuidando a mi madre enferma. Cuantas más excusas le ponía más fuerte me azotaba y más aumentaba su gozo. Mis compañeros se reían y me señalaban gritando -¡No sabe nada, no sabe nada!- En el sueño aparecía mi padre observando la escena desde el fondo del aula, impasible. Su mirada no dejaba de ser inculpatoria. Quizá por no haberme aprendido el tema, o quizá también porque ni él ni yo conseguimos curar a mi madre como le juramos cuando, postrada en su cama, ella predecía que pronto se iría, que tendríamos que seguir adelante el camino que mil veces habíamos trazado juntos, los tres.
-Ya queda poco, hijo. En una hora habremos llegado- dijo mi padre adelantándose a cualquier comentario mío. Se interesó por la pesadilla. No contesté. Cuando volvía a nosotros la imagen de mi madre sus ojos se cubrían de lágrimas por mucho que hiciera el esfuerzo de contenerlas. Habían transcurrido nueve meses y sin embargo su recuerdo no era más lejano que cualquier presente. El único error de mi madre fue no enseñarnos a decir adiós, algo que yo suponía que estaba reservado a los demás. Fruto de mi ignorancia y juventud estaba convencido de que la enfermedad nos era ajena a los Carrasco Padilla. Cuando en el colegio me enteraba de la muerte de un familiar de un compañero lo sentía vagamente desde la distancia y envuelto en el escudo que nos protegía a mis padres y a mí y que yo, inocentemente, creía eterno. Cuando se rompió ese escudo ficticio ya era tarde. Me ocultaron la enfermedad de mi madre hasta semanas antes de su muerte. Se empeñó heroicamente en hacer vida normal y seguir mostrándome su imborrable sonrisa pese al dolor que la devoraba por dentro. Mi primer contacto con la vida real, a los dieciséis años, resultó más duro de lo que hubiera imaginado. La imagen de mi madre se quedó guardada en mi memoria una tibia tarde de Noviembre de 1963, el día nueve.
El autobús iba repleto. Decenas de maletas, bolsas de comida, cestos y hasta una gallina anestesiada por la temperatura se amontonaban en el pasillo, encima de los pasajeros o debajo de las sillas. El ambiente estaba recargado. El aire que entraba por las ventanillas abrasaba y, en vez de refrescar, hacía el trayecto infernal. Hasta tres veces intenté concentrarme en la lectura repasando párrafos ya vistos. No pasé de las diez páginas seguidas. Leía “El señor de las moscas” de William Golding, en el que un grupo de niños quedan náufragos en una isla y se organizan para sobrevivir. Sentía la historia mía. Pasé a ser uno de ellos. Nos las arreglábamos para conseguir alimento o para mantener la unidad a punto de desquebrajarse, pero enseguida alguien en el autobús gritaba, vomitaba o me empujaba y me descentraba. Opté por cerrarlo y dejarlo para mejor momento. Miré a mi padre pidiéndole explicaciones.
-Estamos llegando hijo. ¿Has visto ese cartel? faltan ocho kilómetros nada más- me fié. Al otro lado, una chica que necesitaba dos asientos para ir medianamente cómoda me vigilaba. Me enfermaba su actitud. Con descaro me examinaban sus ojos saltones. Debía sacarme ocho o nueve años, no más. Pensé que si fuera la única mujer del universo no le daría un beso. En caso contrario mi incipiente bigote chocaría con el suyo, que no tenía nada que envidiar al de mi padre. Sonreí imaginándola en la isla desierta del libro de Golding. Mis compañeros de aventuras discutirían si era mejor tenerla de compañera o de alimento. La reté:
-¡Qué miras! – dije con cierta agresividad. Avergonzada, agachó la cabeza, aunque la levantó al segundo para ser testigo del enfado de mi padre. Quise explicarle que no había sido un comentario tan gratuito como aparentemente parecía. No me dio opción; me obligó a pedir disculpas a la bigotuda señorita que aceptó con aire de triunfalismo.
-¡Es humillante! ¡Esto es lo más cerca que vas a estar de ganar algo que no sean kilos! – susurré indignado. Mi padre lo escuchó. No quería discutir, así que zanjó negando con la cabeza. Prosiguió la lectura del periódico que, tras siete horas de viaje, ya tenía memorizado. Era el diario ABC. En la portada, acompañada de una imagen en blanco y negro, se hablaba de una regata en el Golfo de Vizcaya que había terminado con cinco muertos, entre ellos el hijo de un prestigioso doctor francés, debido a un golpe de mar desatado por una inesperada tormenta. La noticia hablaba además de tres desaparecidos y un yate hundido. La leí atraído por los efectos devastadores de las tempestades de un océano que pronto conocería, pero no volví a interesarme por el suceso ni supe si habían sido rescatados.
El conductor avisó de nuestra parada: Monteviela. Éramos los únicos que bajábamos en aquella “lujosa” estación formada por un banco de piedra destrozado por los azotes inclementes del tiempo. Bajé no sin antes dedicarle una última mirada amenazante a la bigotuda. Ella no se quedó atrás y me despidió alzando su grueso dedo corazón. Se mordía los labios de rabia. –Espero no volver a verte, bicharraco- grité para que lo escuchara todo el autobús. Nada más poner el pie fuera del vehículo, la mano de mi padre impactó contra la parte trasera de mi cuello, dejándomelo enrojecido para lo que quedaba de día. El golpe fue antológico, y lo peor es que no pude protestar porque me había avisado anteriormente. Cogimos las maletas. Revisamos que no faltara nada. En el equipaje llevábamos la ropa necesaria y los recuerdos de nuestra vida. Entre ellos mis maquetas de tren eléctrico que me regaló mi abuelo paterno con siete años. De él heredé la afición por construir ciudades en miniatura, altas montañas y antiguas estaciones repletas de historias anónimas imaginarias con las que fantaseaba que subían a mis vagones gente del mundo del espectáculo, deportistas y almas errantes que huían de su pasado. Cuando mi padre insinuó que tendría que venderlo todo estuve cuatro días sin hablarle. En ese tiempo barajé la posibilidad de escaparme de casa. Terminó recapacitando. El resto de cosas las malvendimos a los vecinos que, a pesar de la supuesta tristeza manifestada por nuestra partida, no dudaron en racanear e intentar ahorrarse unas pesetas regateando los precios que mi padre había adjudicado a los muebles y a los vestidos de mi madre. Si de algo me alegraba era de saber que no iba a ver más a aquellos miserables que se alimentaban de carroña y de vidas ajenas. Especialmente detestaba a Doña Manuela Lozano, nuestra vecina de enfrente, que se pasaba horas asomada a la mirilla. Cuando volvía del colegio me acercaba a su puerta, sabiendo que me vigilaba, y le gritaba -vieja asquerosa-. Sólo así la anciana se retiraba sigilosamente. Me detestaba. Asiduamente nos cruzábamos en la escalera. Miraba a otro lado. En una ocasión se giró y me llamó malcriado, comenzando una guerra verbal de insultos que terminó cuando mi madre desde casa nos escuchó y salió al rellano avergonzada y pidiéndole disculpas. Ya en casa me advirtió que se lo contaría a mi padre pero no lo hizo porque en el fondo le divertía mi comportamiento rebelde.
Cruzamos la carretera. El pueblo quedaba a menos de quinientos metros. Nos paramos a contemplarlo. Veíamos el principio y el final. Yo procedía de Soria, ciudad pequeña que, al lado de Monteviela, tomaba unas dimensiones engañosas. Entre todas las casas de piedra destacaba una Iglesia con un campanario desproporcionado para el tamaño de aquella especie de aldea de la que mi padre me había jurado y perjurado que haría grandes amigos.
-Papá, con el canto más grande me daré en los dientes si en este pueblucho vive alguien menor de cien años además de ti –me arrepentí de haber apoyado su decisión de cambiar radicalmente de vida, aunque de no haberlo hecho estaríamos en el mismo lugar. Cuando me lo anunció llegué a entenderle, pero no me gustaba la idea. Mi madre le hizo prometer, cuando vio su final inminente, que no se quedaría estancado llorando su ausencia, y cumplió. No esperaba que para hacerlo me llevara a un pueblo desde la lejanía fantasmal.
El barro del estrecho camino nos cubría los pies. Las lluvias de agosto trataban de poner fin al verano antes de tiempo. Mi padre me pidió que tuviera cuidado de no manchar las maletas con el suelo embarrado. No terminó la frase, antes ya me había tropezado y, al tener las manos ocupadas con los bultos, no pude reaccionar y me estampé de bruces contra el suelo. El golpe fue lo de menos. Me sobrepuse con el orgullo seriamente dañado y tan cubierto de barro como mi cara y mi cuerpo. Se acercó y, tras comprobar que no estaba lastimado, me miró de arriba abajo y se rió como pocas veces lo hacía. Creo que hasta lloró de la risa que le provocó verme sin soltar las maletas y en un estado tan lamentable. Terminó contagiándome y reí con él. No sé cuánto tiempo estuvimos sin avanzar, desternillándonos. Mereció la pena calarme hasta los huesos por verle así.
Entramos a Monteviela por una calle alargada y estrecha que pronto comunicaba con la plaza. Debían ser las cuatro de la tarde. No hubo un alma caritativa que saliera a darnos la bienvenida, lo agradecí. Mi padre sacó del bolsillo un papel con la dirección y el nombre de quien debía llevarnos a nuestra casa: Adela Benito.
-Apuesto a que esa tal Adela se está pegando una siesta de pijama y orinal. Tardará dos horas en dignarse a venir y darnos la llave. Se me va a secar el barro, voy a necesitar un mes entero para limpiarme-
-Vendrá pronto, hijo- le ponía nervioso que protestara de algo de lo que él no tenía culpa, así que no insistí. Nos sentamos en uno de los bancos dándole la espalda a la Iglesia y contemplando el mar que se divisaba vagamente en el horizonte. ¡Por fin lo veíamos!
De lejos no lo vi tan especial, pero pronto se convertiría en mi aliado y aprendería a amarlo en toda su plenitud. Saqué de una de las maletas un pañuelo, lo mojé en una fuente que desprendía un insignificante hilo de agua y me enjuagué la cara. Me picaba por el barro y el calor, la espera se hacía insoportable. Volví al banco.
-Vaya mierda de chorro que sale de la fuente. Los de este pueblo son más costrosos que nuestros vecinos de Soria. Seguro que si dan señales de vida es para cobrarnos por beber de ahí- las gotas de suciedad resbalaban lentamente por mi cuerpo hasta caer al suelo. Mi padre aguantaba ejemplarmente, sin quejarse, con una media sonrisa que nunca llegué a descifrar con acierto. Se escondía bajo un sombrero marrón que mi abuelo había llevado durante más de dos décadas. Estaba perfecto, igual que si acabara de comprarlo. Podríamos haber llamado a alguna puerta y preguntar por la tal Adela, pero su prudencia se lo desaconsejaba. Prefería esperar en una plaza en la que era imposible escapar del Sol a molestar a un desconocido o privarle del descanso.
-¿Julio Carrasco?- una voz poco femenina, castigada por años de nicotina, pronunció a nuestra espalda el nombre de mi padre. Nos levantamos y dimos la vuelta al unísono. La mujer, que intuí hacía meses que no agarraba un peine, lucía un vestido de verano que antaño debió llevar flores estampadas. Su mirada se centró en mi lamentable aspecto. Me observaba seria, intentando comprender el porqué de mi suciedad. Me adelanté a su comentario.
-Señora, sobra decirle que no visto así habitualmente. Dado que nos estamos torrando desde hace veinte minutos, resumiré diciéndole que me he tropezado en el lujoso barrizal que tienen para entrar al pueblo.
-¡Qué niño más impertinente!- dijo malhumorada.
-Discúlpele, señora. El chaval lleva un día duro con tantas horas de viaje desde Soria, y el golpe que se ha dado le ha afectado al cerebro. No tiene más que verle al pobre - justificó mi padre.
-Usted debe ser Adela Benito, la casera. Julio Carrasco, encantado y a sus pies- lo que me faltaba por ver. Mi padre poniéndose a su disposición. Hubiera preferido que la mandara a paseo y buscara otra casa, que visto lo visto en la aldea, sobraban. Le tendió la mano y ella la aceptó con desidia, como un trámite más que tenía que pasar para recibir su alquiler mensual. Nos pidió, o más bien nos ordenó, que la siguiéramos:
-Sí, acompáñenos, no sea que nos perdamos entre tanta gente- la ocurrencia me valió un codazo en el hombro. Adela me miró con gesto inquisitivo mientras daba una calada a un cigarro consumido al límite. No llegó a escucharme bien pero se imaginaba que no era nada bueno. Al avanzar descubrimos un pueblo humilde, con casas rústicas de dos o incluso tres pisos y enormes balcones con persianas verdes enrollables que tapaban las ventanas. Una galería de alimentación con pescadería, frutería y carnicería en las que cada mañana los gritos de las compradoras se escuchaban en la otra punta del pueblo, una taberna llamada “Angelito”, dos establos, un botiquín donde curar heridas sin gravedad y el colegio en el que iba a trabajar mi padre como profesor de Historia de España y del que iba a ser yo alumno. De ello se nutría principalmente el pueblo, también de la Iglesia y del restaurante “La cocina de Charo”, a cuyo marido conocería pronto. Frente al local había un locutorio con dos cabinas. No era habitual tener teléfono en casa. Lo regentaba Doña Asunción, que además de cobrar las tarifas que le salían del moño, cotilleaba cada conversación telefónica impunemente. Los vecinos aceptaban resignados que en el precio de la llamada se incluía el compartir la intimidad con aquella traficante de chismorreos.
Calculé al azar que vivían cuatrocientas personas.
-Aquí es- la señora Benito saco un amplio juego de llaves. Tardó no menos de un minuto en averiguar cuál era. Probaba la misma dos veces seguidas. Al abrir, una corriente de aire frío nos dio la bienvenida liberándose y escapando de la solitaria casa. La mujer se adelantó para subir las persianas y abrir las ventanas. Ya con luz, nuestro hogar recobraba la habitabilidad perdida. Nada más entrar, a la derecha, estaba el cuarto de estar en el que había dos mecedoras de madera antiguas, una mesa con un jarrón sin flores en el centro, una radio y un mueble en cuya superficie destacaba una llamativa y completa vajilla. Dos cuadros paisajísticos y un bodegón colgaban de las paredes. Me acerqué a uno de ellos atraído por el azul de mar tan vivo que le daba un toque magistral. Era una puesta de sol desconocida para mí. En la parte inferior derecha se leía una firma: “Ángela”. Quedé tentado de preguntar a la fumadora empedernida quién era esa chica. Desistí para evitar un nuevo enfrentamiento a todas luces seguro. Además, la casera estaba ocupada explicándole a mi padre aspectos de la casa a la vez que perfumaba de humo el piso de abajo.
Continué recorriéndola por mi cuenta. Era cinco o seis veces más grande que la de Soria, mucho espacio para dos personas. Me sorprendió que tuviéramos patio y hasta un lavadero. Un aseo, cuatro habitaciones, dos salas diáfanas en el segundo piso con algunos utensilios de agricultores y una biblioteca formaban nuestra pequeña mansión. Por el patio de arriba también se accedía a un antiguo pajar que estaba cerrado. La ventana quedaba muy alta para ver lo que había dentro. Intenté forzar la puerta pero la señora Benito me lo impidió agarrándome de la muñeca:
-Ya le he dicho a tu padre que está prohibida la entrada. Guardo cosas de mi familia que no caben en mi casa. Espero que no seas un entrometido y respetes lo que no es tuyo- su voz seguía siendo dura, pero descubrí que, tras la imposición, había una petición o un ruego de que no fuera más allá de los límites establecidos. Le prometí que cumpliría pese a que era cuestión de tiempo que me invadiera la curiosidad. La palabra prohibido despertaba en mí el efecto contrario. Se fue satisfecha con el pacto verbal ignorando que mi promesa valía muy poco con diecisiete años y un puñado de irresponsabilidad que gastar.
Me lavé a conciencia. Elegí sin mucho criterio mi nueva habitación. Mi padre dejó que escogiera primero, supuse que por hacer las cosas más fáciles. Me acosté, ni siquiera la cama tenía las sábanas puestas. Tenía tanto sueño que no quise esperar. Rememoré antes de dormir la jornada con milimétrica precisión, desde que salimos a las cinco de la madrugada. El autobús, el bocadillo que se me cayó al suelo encima de un hormiguero en un descanso del viaje, la gallina que fue perdiendo energía por el calor, el libro de Golding, la bigotuda y su grueso dedo, mi fatal tropezón en el camino… todo fue pasando por mi mente ordenadamente.